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La ciudad antipersona

La ciudad antipersona

 

Por Guillermo Busutil, Publicado por La Opinión de Málaga

 

La arquitectura se ha convertido en un arma disuasiva. Los ciudadanos son sus víctimas. Aquellos a los que la nueva economía política considera enemigos públicos. Vagabundos, deportistas urbanos, desahuciados de alquileres e hipotecas, amantes, parados y ancianos de lunes a viernes al sol. Cualquier persona susceptible de establecer una relación de confianza con los espacios comunes del urbanismo y su mobiliario. Todo aquel convencido de que la ciudad es un hábitat, una poesía escénica de la vida cotidiana y sus posibilidades. La nueva economía no entiende de personas ni de lectores de la ciudad. A la gente la divide en activos consumidores, en rentables actores económicos y en sombras a excluir de un mercado público que no puede acoger a todos. Sólo a los que se mueven, a los que no desean conquistar el tiempo, a los que valoran la ciudad como un parque temático del turismo cultural, una city de negocios, un reflejo social de una política austera y de crecimiento económico. Hace tiempo que la política arquitectónica segmenta las ciudades entre la reconstrucción de los espacios como fósiles museísticos, el ágora financiera y los no lugares. La memoria reinventada, el presente endiosado y la higienización social. Por un lado atrae economía, por otro esconde lo que no le gusta. Hace tiempo que la arquitectura cumple a conciencia las exigencias del poder económico. De la ciudad fábrica se pasó a la ciudad espectáculo y de ésta a la ciudad chill-out que ha pasado el testigo a la ciudad antipersona.

 

Los centros de las ciudades se están endureciendo. No existe una normativa específica que defienda ciudades menos habitables, pero falta una visión y gestión global que han propiciado la creación de espacios defensivos, desequilibrados y poco habitables, no sólo para quien vive en la calle sino también para todos los que usamos la ciudad. La artificiosidad e incluso la zafiedad de las áridas superficies, la piedra seca, la frialdad geométrica y el desprecio hacia los árboles que parecen tener los arquitectos, están modificando antiguas y saludables formas de relación. Los niños juegan sobre cemento, lo abuelos no pueden reunirse a conversar porque los bancos comunes han sido sustituidos por bancos individuales. Su tipología es muy variada. Algunos están divididos para evitar que la gente se tumbe, otros son simples bloques sin respaldos ni brazos o una especie de incómoda instalación metálica y algunos, en vez de planos, están inclinados y para sentarse sin escurrirse hay que hacer acrobacias. El objetivo es impedir que se descanse, que los lectores se instalen a leer y reten ociosos al tiempo y su productividad, que los excluidos encuentren un acomodo a la intemperie o un refugio al abrigo del mobiliario urbano. Las jardineras bordeadas de pequeñas verjas, rellenadas con cemento en el que se han incrustado piedras o varillas metálicas, también son disuasorias para la gente que se sienta a hablar por teléfono. Otras son simples mallas metálicas colocadas de manera improvisada sobre huecos o recovecos. Y además están las púas, los topes, los chicharrones, las rejas, la malla ciclónica, las bardas electrificadas, los muros coronados por hileras de botellas rotas, la hierba de los parques impregnada de tóxicos herbicidas.

Detrás de estos elementos siempre hay una ideología. Muchos arquitectos urbanistas, como Eva García Pérez, Jan Gelh o Léopold Lambert están de acuerdo en que son estrategias para desplazar lo que la ciudad no quiere ver. «Muchas veces tienen detrás un falso discurso arquitectónico: el higienista, la falsa sostenibilidad o el disfraz de diseño contemporáneo, porque nos fascina ese aspecto ultramoderno de las plazas duras. Y por supuesto, está la obsesión por la seguridad». En su ensayo acerca de la arquitectura customizada como arma Lambert reflexiona sobre diferentes conceptos como la arquitectura del capitalismo –en la que se explican tanto la distribución de los espacios en los centros comerciales como los procesos de gentrificación–, o el urbicidio, que podría definirse como el acto de la destrucción de edificios y ciudades que no constituyen ningún objetivo militar. Jan Gelh también está cansado de ver cómo el urbanismo pasa por alto al ser humano, de que los arquitectos y los planificadores de ciudades vivan desconectados de las personas. No aprueba que se proyectan enormes edificios que miran al cielo, que se añadan más carriles para los coches y se olvidan completamente de lo que ocurre en el suelo. Ese espacio donde los humanos se mueven, viven e interactúan.

Hace tiempo que la ciudad es una trampa de barreras arquitectónicas para los discapacitados, que desechó el diálogo con su patrimonio medioambiental y se blindó contra la antigua idea de ser un marco para desarrollar un discurso cultural que integraba la reconstrucción del tejido roto, la implicación del arte para educar y extender los límites de la sensibilidad de los ciudadanos y la propuesta de un modelo de progreso con criterios de calidad estética y de naturaleza pública. El resultado de aquella idea efímera fueron ciudades orgullosas, habitables y diferenciadas en su identidad y carácter.

 

La cultura ha sido una de las grandes derrotadas por la globalización de la economía, la depredación de la economía y su discurso y por la crisis. Una derrota en la que la arquitectura y el urbanismo tienen parte de culpa por haber contribuido a convertirse en un arma antipersona. A que la ciudad y sus espacios no respondan al ideal de promover la protección, las prestaciones, la emoción y la estabilidad. Al igual que con tantas otras cosas importantes y urgentes, hace falta volver a pensar la ciudad como alma de su Historia, como espacio de creación y encuentro con sus habitantes.

 

 

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