Hacia un modelo posible de Smart City latinoamericana

 

 

 

Hacia un modelo posible de Smart City latinoamericana


Imaginemos la siguiente situación:
a) la ciudad X cuenta con un moderno tomógrafo que permite detectar y prevenir problemas del corazón o cardiopatías, lo que ha permitido reducir la cantidad de muertes por problemas cardiovasculares a un 6% de las muertes totales de la ciudad.
b) la ciudad Y es una ciudad con menos recursos y no cuenta con un tomógrafo. Sin embargo, los habitantes de esa localidad tienen un ritmo de vida más tranquilo, son más propensos a la realización de actividades físicas y el nivel de tabaquismo es mucho menor. Todos estos factores hacen que las muertes por problemas cardiovasculares representen el 6% de las muertes totales.


¿Cuál de las dos ciudades es más inteligente?
Si tenemos en cuenta algunos de los criterios que circulan actualmente para “medir” la inteligencia de las ciudades, sin dudas nos quedaríamos con el primer ejemplo. Contar con equipos tecnológicos y software de última generación es una condición necesaria para transformar nuestras ciudades en organismos más inteligentes. Sin embargo, consideramos que en el afán de crear índices y mediciones sobre las ciudades, estamos transformado esas causas necesarias en suficientes. O para decirlo de modo más simple, estamos poniendo el carro delante del caballo. Estamos de acuerdo en la necesidad de compartir criterios para evaluar el avance o retroceso de las ciudades en determinados aspectos, pero el problema que queremos remarcar no es una cuestión de indicadores, sino de definiciones.


El nombre, la idea y concepto de ciudad digital ha ido cambiado a lo largo de los años. Al principio la idea se apoyaba del lado del gobierno y la administración pública, así fue evolucionando casi en paralelo al meme tecno-administrativo del gobierno electrónico.
Ciudad digital era en aquel entonces casi lo mismo que hablar de gobierno municipal eficaz y eficiente, gobierno entendido en su dimensión acotada de prestador de servicios y administrador de recursos. Una ciudad digital realizaba un uso extensivo, intensivo y estratégico de las nuevas tecnologías y de esta forma mejoraba la gestión de recursos y la prestación de servicios. Era casi una definición por el in-put. Parecía una definición (y una promesa) muy influenciada por los grandes vendors de TIC.


Hoy la cosa es un tanto distinta, ya que los “apellidos” o calificativos agregados a “ciudad” son muchos y crecen año a año: Ciudades Sostenibles, Abiertas, Innovadores, y hasta en algunos casos Ciudades Felices. Algunos de estos calificativos responden a programas o marcas comerciales de alguna empresa y otros a la creatividad o ego de académicos y expertos.


Más allá de eso, sin dudas que el concepto que más atención atrajo últimamente ha sido el de Ciudad inteligente (Smart City), lo que teóricamente implica dejar de centrarse en el gobierno y la administración pública para ubicarse claramente en el ciudadano, en la comunidad. En sus demandas pero asimismo en su activa participación en la legitimidad y en el diseño, gestión y control de la cosa común, mucho más amplia que la pública. La palabra clave puede ser co-construcción, más que o además de participación y/o colaboración.


Sin embargo, cabe preguntarse si este nuevo meme puede ser aplicado a contextos y particularidades como las que presentan las ciudades argentinas y latinoamericanas en general. Debido a la polisemia de la idea de Ciudad Inteligente, a veces se filtran pre-requisitos o condiciones que sólo parecen adecuadas o posibles para las llamadas ciudades globales, o simplemente grandes ciudades del primer mundo industrializado. No es inusual encontrar tanto en rankings como estudios sobre el tema, que las ciudades más inteligentes son aquellas mega-ciudades como Londres, Boston, Tokio, Barcelona, o similares. Rara vez encontramos una “ciudad inteligente” que no cumple con las condiciones de ser global, grande y con un PBI elevado. En otros casos se usa de modelo o ejemplo a seguir a ciudades “inventadas”, creadas a partir del designio y diseño top-down de un grupo de elite, funcionarios y expertos, tecnólogos o urbanistas, y de la aplicación de sumas multimillonarias. Los ejemplos más claros de ello son Songdo (ciudad cercana a Seúl), Masdar (Abu Dabi), y el más cercano a nosotros de Yachay (Ecuador).


En estos casos queda la duda ¿son innovadoras o inteligentes como consecuencia de un marco previo de condiciones iniciales de diverso origen? Sería un resultado, un out-put, casi una externalidad y no un camino o fin buscado. Bajo estos criterios o creamos ciudades desde cero, o nos quedamos sólo con aquellas que presentan altos niveles de condiciones preexistentes. En el límite interpretativo de lo anterior, para una ciudad “pequeña” o “mediana”, como casi las dos mil que existen en Argentina y varias decenas de miles en América latina, no habría esperanza de ser ni Digital ni Inteligente. Si las ciudades inteligentes son aquellas que presentan condiciones casi imposibles de replicar para la gran mayoría de las ciudades de la región, ¿no deberíamos repensar los requisitos y características de una smartcity?


Tener una marca de ciudad reconocible en el mundo puede ser un objetivo cumplible o una medida de valor para Buenos Aires, San Pablo o Lima, pero no para el 95% de las restantes ciudades del subcontinente. También respecto de los temas prioritarios o agendas surgen diferencias. Mientras la “movilidad y transporte” aparece como tema o problema de las “ciudades inteligentes” esto no constituye ni constituirá un problema en 9 de cada 10 ciudades de Latinoamérica.


Exceptuando un pequeño grupo de megalópolis de talla global como San Pablo, DF o Buenos Aires, en nuestra región son legión las ciudades de tamaños medianos o pequeños, insertas en países con geografías, demografías y políticas complejas, donde prima la concentración de riqueza y poder en las Capitales y alguna otra ciudad favorecida. Algunas de estas ciudades son superavitarias y muchas otras padecen de problemas endémicos de sustentabilidad. La falta de densidad poblacional de muchas ellas y las malas comunicaciones físicas con los centros de oferta y demanda juegan como un demérito.


Estas realidades hacen necesario que deba hacerse un replanteo del tema ciudades inteligentes. De las definiciones, de las mediciones, de los fines y de las promesas. Y tal vez de los medios o del cómo. Queda claro desde el comienzo de esta nota que el concepto es dinámico y evoluciona, que es una idea abierta y en construcción. Eso está muy bien, por supuesto. Lo que parece, aucontraire restrictivo, limitante, es que los ranking, indicadores y definiciones sean sólo para grandes o globales, o sean posibles sólo para ciudades con “ilimitados” recursos económico y demográficos en ambientes de alta calidad institucional y ya innovadores.


Un concepto no es ni verdadero ni falso y el criterio para evaluarlo es su utilidad, no la veracidad. Entonces, ¿es útil un concepto que deja afuera “desde el vamos” a la gran mayoría de las ciudades de la región? ¿Cuáles son los principios y valores que queremos rescatar de las ciudades? ¿Qué tangan mucha tecnología?


Creemos que el camino es encontrar una definición de Smart City, en donde la tecnología sea un factor necesario pero no suficiente para alcanzar los parámetros de una ciudad inteligente. Conceptualizamos a una Smart City como aquella que puede adaptarse y autoproducir las condiciones para resolver los problemas y desafíos que la afectan. Ideas como “Autopoiesis” de NiklasLuhmann o “Ciudad Abierta” de Richard Sennett expresan mejor este espíritu.Bajo esta concepción, tanto grandes ciudades (globales, con altos niveles de riqueza y alta densidad) como aquellas que no lo son, pueden regenerase y encontrar soluciones a sus problemas particulares en pos de la mejora de la calidad de vida de sus ciudadanos. Una ciudad abierta, sin autodeterminación tecnológica, con participación ciudadana en la resolución de problemas y que construya sus propias condiciones de sustentabilidad, es una ciudad inteligente, más allá de sus precondiciones y capacidades económico-geográficas. Un tomógrafo nos puede ayudar a mejorar la calidad de vida de las personas, pero no por eso debemos dejar de lado otros mecanismos como los generados por la Ciudad Y del comienzo. En definitiva, una Smart City es aquella que desarrolla los mecanismos para autogenerar y reproducir las condiciones exitosas para la solución de sus problemas particulares.


No cometamos el mismo error que se cometió cuando se empezaron a construir ciudades “para los autos”. No diseñemos la ciudad en función de la tecnología y menos de sus productos o aplicaciones. En vez de tecnologizar la ciudad, urbanicemos la tecnología.

 

 

 

 

 

nstituto Nacional para el Federalismo y el Desarrollo Municipal, INAFED COMCE United Cities and Local Governments Conferencia Nacional de Gobernadores, CONAGO Cámara de Senadores Cámara de Diputados

Cámara de Diputados Cámara de Senadores Conferencia Nacional de Gobernadores, CONAGO United Cities and Local Governments COMCE nstituto Nacional para el Federalismo y el Desarrollo Municipal, INAFED